Blog — 30 abril 2018
VIETNAM

Hace menos de un año, con el título de arquitectura debajo del brazo, la mente llena de expectativas, y por qué no admitirlo, de incertidumbres, accedí por primera vez al portal de las becas Argo. Como muchos colegas y recién titulados, esperaba una oportunidad para continuar avanzando, un puente hacia el inaccesible mercado laboral que nos encontramos los jóvenes de estas generaciones. Buscaba una experiencia personal y laboral que abriese mis horizontes, a ser posible en Europa o en Australia. Dada la concurrencia de estas becas, la esperanza se diluía con la certeza de que el azar también es un elemento que juega en la partida.

Sin embargo, pocas semana después la suerte, aunque desconcertante, me sorprendió en forma de email. Tenía una oportunidad en el Pacífico, alguien se interesaba desde Vietnam. ¿Por qué no? La idea empezó a cobrar forma, y cuando me seleccionaron, una rápida lista de pros y contras me llevó a tomar la decisión de arriesgarme a aprovechar una oportunidad que, aunque con un destino sorprendente, sería un acierto.

Aterrizar en Asia fue diferente a todo lo que había conocido antes, pero el hecho de no llegar sola y contar con el apoyo de un gran tutor hizo que el comienzo fuese sencillo y agradable. Durante la carrera nos enseñan arquitectura, pero trabajar en un estudio internacional y tener que trabajar codo con codo con gente de diferentes nacionalidades es un aprendizaje único. Los planos y el software dejan de ser los protagonistas cuando la barrera lingüística aparece, o cuando debes ser consciente de que lo que tu consideras normal, no es mejor ni más legítimo que lo que otra persona de diferente cultura opina. El mejor aprendizaje es aquel que pasa del mero conocimiento al ansia de ser curioso, a ampliar tu horizonte de entendimiento y respeto. Es un tópico pero cuanto más tiempo pasa, con más claridad entiendo la necesidad de becas como ésta, sobre todo lejos, en otras culturas, en otras latitudes, porque al mismo tiempo que te acercan a la praxis, te acercan a la gente.

La gente, desde mis compañeros y jefes, hasta todas las caras anónimas que ya distinguiría entre un millón, o entre los noventa de este precioso y largo país. Cuantos rincones que ya no son nombres en un globo terráqueo ni en un mapa, sino caras, tradiciones, atardeceres, arquitectura e historia . Pensar que lo que cada día vivo, la ciudad, la  refrescante selva de la oficina, esa falsa rutina a la que me he acostumbrado, es algo extraordinario.

Ahora que se prevé de nuevo un horizonte, cuento los días, no para que pasen rápido, sino para que cuenten en mi vida. Sé con certeza que cada segundo que me queda, incluso el más anodino, formará parte de una de las mejores experiencias de mi vida.

Gracias

 

Lucía de Blas

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