Blog — 21 julio 2015
Práctica de Periodismo: “París fue más que una fiesta”

Al final llegué a París; ya soñaba con ello durante la carrera de periodismo, cuando me aficioné al cine de la Nouvelle Vague y a los escritores malditos. Había deseado ir allí para escribir una novela, andar perdido por pequeños cafés, conocer a gente extraña, sacar inspiración de la melancolía… El tópico, vaya. Luego terminé la carrera, trabajé dos años en el turno de noche de una Radio económica, luego estuve tres meses viajando por el Sudeste Asiático con una cámara de televisión, volví, monté seis documentales, los vendí, me fui a viajar por Estados Unidos y luego pasé un verano estudiando ruso en Moscú. Nada más volver me llegó la oportunidad de una Beca ARGO en París.
Llegué a París en otoño de 2011 para desempeñar un trabajo muy en la línea bohemia que deseaba a los 20 años: editor de la versión española de cafebabel.com, la primera revista europea online. Mis colegas eran periodistas culturales y aspirantes a escritores, gente sensible que también quería escribir novelas sucias y surrealistas, y que vivía en apartamentos estrechos y viejos marcados por historias extrañas. Yo tardé un mes encontrar el mío, pero la Odisea (de la que no escapa nadie; allí los pisos son escasos y caros) mereció mucho la pena: terminé viviendo en una minúscula buhardilla en Porte de Champerret. Para alcanzar mi nido había que cruzar un recibidor barroco, meterse por una puerta de servicio, subir seis pisos por unas escaleras en forma de caracol y recorrer un pasillo de paredes desconchadas. El destino eran unos diez metros cuadrados con una mini-cocina, una cama estrecha, un baño ridículo, un armario y una vieja ventana de madera pintada de azul colocada en la pared inclinada. Cada noche, al llegar de trabajar, abría la ventana y miraba lo mejor del paisaje: la Torre Eiffel, situada detrás de una cordillera de tejados y chimeneas azules, iluminando la ciudad con su poderoso faro.
El trabajo en sí era casi perfecto: los seis editores de las seis versiones (seis lenguas) trabajábamos y planificábamos el contenido de la revista desde una redacción situada en la calle Saint-Denis, conocida por sus negocios de venta al por mayor y la abundante presencia de prostitutas sexagenarias. Como editor, tenía libertad de escribir lo que quisiera y proponer mis ideas a la inmensa red europea de colaboradores. Podía poner el acento en la política, la cultura, los problemas sociales… Además me tocó una temporada movidita: nada más llegar nos fuimos a impartir unos seminarios a Estambul, en enero pasamos una semana de trabajo en Estrasburgo y al mes siguiente pude dirigir una serie de reportajes sobre el terreno en Kosovo, donde investigué durante algunos días la figura del primer ministro, Hashim Thaci, acusado de dirigir una trama de tráfico de órganos, armas y heroína para financiar su guerrilla anti-serbia en los años noventa.
Me encantó la experiencia: conocí gente valiosísima, mejoré mi francés y mi inglés y al final pasé mis seis meses en París. Es verdad que los mil y pico euros que sumaban la beca Argo y el dinero de la revista daban para poco, pero lo supe llevar.
Las anécdotas son infinitas: asistimos a fiestas en bares ilegales, me inicié en esgrima y en Estrasburgo improvisé un vídeo con mi colega italiano que terminamos proyectando en el mismísimo ayuntamiento.
También conocí a mi novia. No puedo pedir nada más.

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