Blog — 17 agosto 2018
Mi experiencia Argo en Pekín

Un día cualquiera, te llega un email y te cambia. Todo cambia. Todo cambió.
Recibí un correo de ARGO, tras llevar bastante tiempo registrado en la plataforma, en el que me informaba de que había sido seleccionado para realizar unas prácticas en Pekín. Y por si fuera poco, ¡en la oficina de prensa de la Embajada de España! Pese a que ya tenía una vida hecha, cómoda y asentada en España decidí no dejar escapar esta gran oportunidad. Así que me despedí de todos, hice las maletas y tras unos cuantos trámites burocráticos (vuelos, visado, pasaporte, alojamiento, etc.) me subí en un avión rumbo a China.
Llegué de madrugada y todavía hoy puedo sentir el frío que invadió mi cuerpo cuando pisé la pista de aterrizaje del descomunal aeropuerto de Pekín a 15 grados bajo cero. Sin duda, la mejor manera de despertarme tras un viaje de más de 9.000 km.
El clima no fue la única barrera a la que tuve que aprender a hacer frente. El idioma, el callejero de una gran capital que alberga 21 millones de habitantes, la gastronomía, las costumbres y tradiciones o el bloqueo en Internet sin poder acudir al siempre recurrido y salvador Google. Estos fueron solo algunos de los retos iniciales que la aventura pekinesa me preparaba a la llegada y que acabé superando- afortunadamente con relativa rapidez- gracias a mi predisposición por aprender cosas nuevas, por tumbar prejuicios adquiridos, por conocer gente e historias interesantes y crecer y mejorar tanto a nivel profesional como personal.
Realizados los trámites iniciales como registrarse en comisaria (todos los extranjeros deben registrarse en la estación de policía del distrito en el que residan dentro de las primeras 24 horas de su llegada a China), abrir una cuenta en el banco, hacerme con una tarjeta SIM china o la primera compra en el supermercado, estaba listo para vivir en Pekín.
Durante estos meses viviendo en China he tenido la suerte de poder celebrar el Año Nuevo Chino (que viene a ser más como unas Navidades que como un Fin de Año) con una familia autóctona, visitar la Gran Muralla, la Ciudad Prohibida, la Plaza de Tiananmen, viajar a Xian, a Shanghai y a otros muchos municipios enmarcados dentro de espectaculares parajes naturales.
Una de las cosas que más me sorprendió de China fue la constatación de que el móvil es ya una extremidad más del ser humano. En China, salir de casa sin batería (o directamente sin móvil) es toda una temeridad, pues absolutamente toda gestión que imagines se puede realizar a través de un teléfono móvil. Pagar la luz, el alquiler, el agua, coger una bici o un taxi, pagar la cuenta de la cena, hacer la compra tanto en una gran tienda o supermercado como en comercios locales, pagar la peluquería, el gas, dar una limosna… Los pagos móviles están a la orden del día y el dinero físico y las tarjetas son cada vez más difíciles de ver. Y no estoy hablando de un hábito asentado únicamente entre la población joven, la tercera edad también se maneja a la perfección con los aparatos tecnológicos para comunicarse y para hacer cualquier tipo de transferencia o pago. Todo es posible hacerlo desde el móvil y -de hecho- es realmente cómodo con WeChat, el Whatsapp chino llevado a otro nivel que integra multitud de servicios; desde pagos y transferencias de dinero automáticas, hasta llamadas y videoconferencias. Es Uber, Skype, Glovoo, Facebook, Whatsapp, etc. ¡Todo en una sola aplicación usada por todos!
La pésima calidad del aire fue otra de las sorpresas que me encontré a la llegada. Si bien ya era conocedor de la polución existente en China, nunca había convivido con un semejante ambiente. Días soleados y sin nubes en los que el sol apenas se vislumbra y el cielo luce gris o días en los que una dudosa neblina hace complicada la visibilidad al final de la calle. La polución en Pekín es un problema grave y acaba por influir en tus planes diarios, quieras o no. Salir a correr, un picnic en el parque, hacer turismo o simplemente ir de compras, son planes corrientes que debes de pensarte dos veces si amaneces con niveles de contaminación considerablemente perjudiciales para la salud.
Otra de las cosas que me sorprendió fueron los sabores picantes de la comida china. Hasta entonces desconocía que el picante era algo tan característico de esta gastronomía. Pocos platos se salvan del picante en una cocina en la que abundan salsas, aceites y especias; se pueden encontrar hasta bayas que adormecen la lengua. Un nuevo reto para mi mente y mi estómago que también logré superar. En China no hablan mucho inglés – por no decir casi nada- así que me he visto en muchas situaciones de pedir comida sin saber exactamente qué había pedido, cuáles eran sus ingredientes o si llevaba mucho o poco picante. Y sí, todo con palillos.
Por lo demás, mi estancia en Pekín ha transcurrido con normalidad; toda la que vivir y trabajar en China pueda implicar. El trabajo en la Embajada me ha permitido crecer profesionalmente y mejorar muchas de mis competencias y aptitudes. La comunicación con mi gestora ARGO y mi tutor en la Embajada siempre ha sido muy fluida y desde mi adjudicación se mostraron dispuestos a resolverme cualquier tipo de duda y ayudarme. La beca cubría los vuelos, los gastos de visado, una retribución mensual y un sinfín de experiencias inimaginables. Una lástima que la no sea posible prorrogarla.
He tenido la posibilidad –la suerte- de descubrir Pekín desde dentro, como uno más, de acercarme a su cultura, de perderme entre sus calles y conocer su gente, sus costumbres, sus fiestas y hasta sus supersticiones. Viajar en tren cama con familias de chinos durante 12 horas, embutirme en el metro/bus un lunes a primera hora para ir al trabajo, recorrer en kayak el río Li, pasear en bici entre los hutones (barrios tradicionales de la ciudad), descubrir rincones con encanto, locales ocultos, conocer a gente encantadora de todas partes del mundo y sus historias, ampliar la paleta de sabores en mi paladar durante las 24 horas del día y vivir en un constante asombro. Muchos amigos y muchas experiencias que me llevo de esta gran aventura que he tenido la suerte de vivir gracias a la beca ARGO.
Y así, sorprendiéndome cada día, superando día a día nuevos retos, aprendiendo, descubriendo cada día más la cultura milenaria china y descubriéndome a mí mismo, llegué al final de mi estancia. Cerré las maletas, me despedí de toda la gente que forma mi familia en Pekín y volví a España tratando de asimilar todo lo vivido. Durante mis días en Pekín he tratado de hacer un ejercicio de asimilación e intentar ser más consciente de todo lo ocurrido, ¡de que estaba (sobre-)viviendo en la mismísima China! Y, a decir verdad, a día de hoy todavía me cuesta creer y asimilar todo lo que he tenido la suerte de poder disfrutar.
Tanto si eres un futuro becario/a ARGO, como si estás de paso por este blog, te animo a salir de tu área de confort y recomponer todos tus esquemas establecidos. ¿Cómo? Viajando y descubriendo el mundo y otras culturas. Es una decisión de la que jamás te arrepentirás.

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